sábado, 21 de septiembre de 2013

Locura II

Con el ulular del mundo como eco inconfundible de mi existencia, me asomo al folio, ensimismada en el desconcertante fluir de mis neuronas, y persuadida de su pertinaz desvío por atajos clandestinos.

Instalada en efecto en mi cerebro, la locura se inmiscuye entre mis letras como portavoz indiscutible de mí misma. Motivos curativos, dicen que alega; y motivos necesarios de limpieza en la broza amontonada en la cabeza.

Pues no en vano, a la idea, al lienzo, al poema, al discernir y al tiempo, les pone su contrapunto y su grano de belleza; autentifica las obras con su esencia. Las nutre de condimentos, de belleza, de música, de resortes, sutileza…


La locura ennoblece cualquier obra que se preste. Es ingeniosa, sublime, inteligente y certera. Es mi guía, la que pone en pie de guerra a toda mi artillería.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Ignorar…

Hay días en que barrunto, con febril convencimiento, que me ganó la ignorancia, que de pronto se hizo enorme de forma desordenada, que fulminó mis defensas con un órdago a la grande y una aguda puñalada.

Días en que me descompongo en pedacitos de olvido; en que me desintegro y, convertida ya en polvo, casi desaparezco.

Porque la ignorancia invade limpiamente mi cerebro. A medida que se agranda, mi mundo se empequeñece seccionándose con saña; dejando por las esquinas, sólo sombras, sólo manchas.

Pues la ignorancia es hiriente, desalmada, es furtiva y huraña

Y si pretendo ignorarla… si oso darme la vuelta e ignorar la ignorancia… seré yo, al fin y al cabo, la que quedará ignorada; la que vivirá arrastrada por el fango de la ausencia al vacío de la nada.


Poner en orden ideas y abrocharlas con palabras es dificultad añadida cuando se trata de aunar el saber con la ignorancia.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Miradas…

Las palabras se atrincheran, o se callan, o se ocultan en su alcoba, o suspiran. Temen que con cada engarce se dispersen. Procuran, dado su pudor interno, no fatigar al lector, ni infringir algún desaire al escribidor incrédulo.

Y… pues dicen: “la pintura hay que sentirla y respirarla”.

Mas… ¿cómo podrían explicarlo sin embadurnarla ni llenar de sombras su belleza?

La palabra se inmola cuando abomina y engaña.

Y añaden: “al lienzo hay que traspasarlo, adivinarlo, y si es bello y no encubre fraude, admirarlo”.

La autora se pliega al breve discurrir de las palabras y les da su beneplácito, añadiendo por sí misma:


Al cuadro hay que mirarle con deseo, deslizar la mirada por el lienzo descifrando qué esconde su propuesta y demorar las dudas del silencio si no acude respuesta, porque el cuadro la engendra.

martes, 3 de septiembre de 2013

Infierno

Yo quisiera volverme de agua y apagar el infierno…

Infectados de rabia y de miedo, teclean los dedos, columbrando un camino diezmado de gritos y espanto.

Yo quisiera cantar a la risa; naufragar en su aliento; galopar en su rizo dorado.

Yo quisiera reír con la gente...

Ser onomatopeya, ser su eco…

Yo quisiera morirme riendo.

Mas los dedos me vuelven la espalda, no entendiendo. Les taladra un clamor doloroso que viene de lejos.


Yo quisiera volverme de agua y apagar el infierno.

domingo, 25 de agosto de 2013

Luna

Por un laberinto de voces expulsa el aliento la noche. Al tañido de ese enjambre se amotinan las palabras, como al acecho de una entradilla anunciada.

La luna observa curiosa el devenir de mi mente, el runrún de las palabras, el derroche del teclado, la serenata del tiempo…; y contempla, como si tal desmesura fuera posible, mis andanzas por el folio.

Y en esa mirada cómplice, se agita mi mente turbada…

Si percibes
mis latidos,
Luna,
sabrás por su
febril estado,
que cantan
por bulerías.
No te alejes
de mi lado.

Así anduvieron las letras en esta noche de luna; brotaron con impaciencia, se turnaron para el baile dando una y mil vueltas, y sigilosas entraron de allí de donde salieron.


lunes, 5 de agosto de 2013

Viajar…

Hallándome en un ferrocarril cuyo itinerario transcurre impredecible sin yo poder hacer nada por evitarlo, contemplo, a través de cristales tiznados por el uso y la costumbre, el transcurrir del tiempo y la decadencia del espacio.

Observo, envuelto en jirones de belleza imperfecta, un mundo trepidante, desbocado, salpicado de retazos de campos, de pueblos, de montañas y bosques.

Abrumada por el brusco ronroneo del tren, accedo a mi recinto sagrado y abro el libro imaginario. Casi al instante, me deslizo por las frescas aguas de la serenidad.


La mirada percibe sin esfuerzo un paisaje sin límites, abierto al fluir incesante de los vientos; un escenario ataviado de matices asombrosos, e inmerso en una danza invisible de aromas y melodías.